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domingo, 5 de febrero de 2012

TIEMPOS DE INCERTIDUMBRE

No encajo en el perfil de quiénes se dejan llevar por el derrotismo, la desilusión y la apatía. No pertenezco a ese tipo de personas que se rinden ante la simple idea de que hay cosas que no se pueden solucionar. Sin embargo, desde hace algún tiempo, puede que me esté dejando llevar por ese derrotismo y, sin llegar a posicionarme en un estado de pesimismo radical, empiezo a plantearme que, tal vez (sólo tal vez), la lucha no merezca la pena.
No es que esté plenamente convencida de esta afirmación. No es que crea que todo el mundo debe tirar la toalla y dejar que 'la vida' se los coma. No es ésa la idea que os quiero transmitir.

Simplemente, he observado que hay momentos en la vida de muchos seres humanos, en que todo les sale al revés, las circunstancias sobrepasan su capacidad de aguante y, de forma inevitable, aquellas cosas en las que creían empiezan a perder sentido, y las bases en que habían sustentado su existencia comienzan a tambalearse, sin poder encontrar un resquicio de confianza al que aferrarse para seguir luchando por todo aquéllo que constituía el centro de su vida anterior.

Hay ocasiones en que la lucha contra las circunstancias adversas es tan dura que la idea de la rendición seguramente no es tan descabellada. Y me doy cuenta de ello no sólo por mi propia experiencia, y la de personas cercanas a mi, sino también al observar y escuchar los planteamientos de seres humanos que están a años luz de mi vida, por las diferentes circunstancias que hemos vivido y los lejanos lugares y momentos históricos en que hemos nacido y desarrollado nuestra personalidad.

Tal vez esa idea, propia de la tradición judeo-cristiana, del sufrimiento perpetuo, de la lucha irracional contra la adversidad, de la resignación ante las tragedias e injusticias vitales, y de la búsqueda desesperada de una vida mejor, como premio al sufrimiento presente no sea la mejor de las todas. Tal vez la idea de la muerte como una desgracia, y la del suicidio como pecado, la idea de levantarse cada día y seguir luchando para continuar viviendo en un mundo lleno de injusticias, sufrimiento y desigualdades puede que no sea la mejor de todas las que el ser humano ha tenido.

No seré yo quien diga que la lucha no merece la pena, porque entonces me estarían autocontradiciendo, ya que, si hay algo que me caracteriza es, precisamente, el ser 'peleona', luchadora, testaruda, obstinada... Siempre me han gustado los retos y siempre me he crecido ante las adversidades. Pero hay que reconocer que todo ser humano tiene derecho a cansarse de la lucha, a plantearse si su crecimiento personal y profesional es realmente tan importante. Todo ser humano tiene o, al menos, debería tener derecho a meterse, en un rinconcito privado y dejar que el mundo siga dando vueltas, sin contar con ellos, aunque solo seaa durante algún tiempo.

¿Acaso importaría mucho? ¿Acaso la humanidad, extesa y longeva, iba a echar de menos a cada uno de nosotros (minúsculos especímenes de su género)? No lo sé, seguramente no, o tal vez sí...

La cuestión es que, mientras las sociedades actuales sigan teniendo tantas lagunas morales con respecto a los derechos de la mayor parte de sus miembros, difícilmente podremos evitar tener esa sensación de apatía y de impotencia y de desidia... Difícilmente la idea de la dura lucha contra unas circunstancias que, una vez superadas, serán sustituidas por otras igualmente duras y deseperantes, dentro de un círculo vicioso del que es casi imposible salir, se nos puede presentar como la mejor de las ideas que el ser humano 'decidió' tener.

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